martes, 4 de octubre de 2022

Cohesión y cordura.

- Inhíbeme -. 
Me dijo y con las manos me entregaba la llave de su encierro.
Aquél espacio tibio.
Mis músculos amnésicos no saben de contornos ni texturas. 
Mi lengua es un trapo, no se cual era su color original, mucho menos su verdadera extensión.
Tengo los dedos duros, como si jamás hubieran limpiado la sangre de mi madre.

Así me condiciona el cuerpo.
Que si quiero conocer la coherencia me entregue al fracaso.
Y si huyo sé que en la esquina me espera la embestida.

Despabílate y jurame que el sueño es mas pequeño que mis ambiciones.
Que este instinto ya no pertenece a mi sombra nefasta.
Agradece a la enfermedad, aunque la hayas sorteado.
Que sin haberte entregado respiraste el polvo, el que truena en mis oídos. 

Así de tremulantes como estaban tus manos tengo ahora el alma.
Hecha jirones.
Te olvidaste del oscuro y nuevo lugar que son tus emociones.
Todo por abastecer a la soberbia con hilos de metas. 

Y habiendo visto caer enormes gajos de sabiduría te aferraste a sentirte bien, aunque al final no lograste sostenerte ni un segundo cuando el suelo ardía. 

Esa mente fragmentada, inocua en su verdad, vacía en la adversidad, objetiva en deseos perversos. Esos pensamientos soldados a la desviación: de nunca detenerse trajeron las tragedias, soplaron chispas a la sombra, intentaron en la borrasca humedecer la irremediable ráfaga.

Lamentos escuché desde entonces de mi persona reduciéndose a retazos. 

Cuando percibí que el chillido era un ligero y permanente zumbido, reviré. Reparé en el daño personal.

Jamás el fuego pudo sumergirse. Ni el vapor exhalar sus entrañas. 











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